Carretera al Infierno, trepidante absurdidad
La figura del psicópata resulta tan atractiva para el espectador como peligrosa para el director. El realizador se ve muchas veces tentado por la necesidad de explicar las motivaciones del psicópata o las razones que le han llevado a ser como es. Normalmente esto nos lleva a tener que aguantar explicaciones absurdas y giros del guión incomprensibles, asà como el exceso de moralina de un cine tan conservador como el norteamericano.
Una excepción muy estimable la constituye la estupenda Hannibal, el origen del mal, pero la mayorÃa de casos resultan lamentables. Considero que no existe ninguna necesidad de transmitir al espectador las razones que tiene alguien para matar a otro ser humano, siempre que el personaje esté bien construido y su comportamiento, aunque no tenga sentido, tenga una cierta honestidad argumental de la que el protagonista de esta pelÃcula adolece.
El psicópata de este film es un auténtico degenerado, un amante de la sangre y del dolor, ya sea de niños, adultos, mujeres u hombres, motivo por el que no entiendo la intención de este de que los asesinatos sean adjudicados a los dos jóvenes a los que persigue. Al auténtico piscópata le encanta que sus acciones tengan publicidad y muchas veces reivindica sus actos mediante algún tipo de «firma» o patrón.
Resulta atractivo que en un momento del film le pida a la chica que se lo cargue, y me puede parecer plausible, aunque preferirÃa alguien que solamente quiera matar por matar y punto, me resultarÃa menos contradictorio. Entiendo mejor que no le importe morir en la realización de sus actos, pero que lo pida a gritos a la macizorra de turno (Sophia Bush) me parece raro. Absurda también me resulta la conversación durante la qual nuestros protagonistas se dan cuenta de que han recogido al autoestopista equivocado.
Facilona a más no poder -la referencia al sexo entre la pareja es tan obvia que ofende, es de bar de copas aceitoso y de borracho de anÃs-, esta conversación supone perder la oportunidad de crear tensión en el espectador y de sorprenderlo. Una vez expuesto que la originalidad no es el fuerte de esta pelÃcula -es un remake, tampoco se podÃa esperar mucho-, hay que reconocer que tiene momentos trepidantes de bastante calidad.
Las persecuciones de coches son entretenidas y la acción es cruda cuando es necesario, siendo justo destacar una escena en la cual el piscópata da buena cuenta de un grupo de policÃas en plan campeón con una cámara lenta muy acertada y una música cachonda digna de Tarantino. El final se huele a la legua y no me acaba de convencer, pero como llega después de una buena ristra de cadáveres, un poco de sangre y ratos realmente divertidos no me acordaré mucho de él. Un matiz final para los amantes de la desmitificación, Sean Bean es mucho mejor «malo» que Rutger Hauer (el psicópata de la primera versión), por mucho que se empeñen los mitómanos encumbradores de medianÃas.
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2 Comentarios
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Pues aún no he tenido la oportunidad de ver este enésimo ¿necesario? remake, pero tu crÃtica me ha picado la curiosidad y sobretodo por lo que comentas de Sean Bean en relación con Rutger Hauer. A mà me encanta la original, que te deja sin explicaciones concretas, con todo en el aire, y en la que yo veo una tensión sexual oscura y no resuelta entre Hauer y el prota (a lo mejor es que estoy un poco salido). El tema es que para mÃ, Hauer hace un papelón en la original, con su cara, actitud y gestos. Es un actor entrañable. Pero para opinar justamente uno debe haber visto ambas, por lo que esta semana me dirigiré al cine para consumir dicho filme, esto si aún lo ponen, que ya sabes tú como estan las cosas en esta nuestra ciudad.
Como cansan los remakes ya.