Necesitamos referentes: en la vida, en la amistad, en el amor, en el trabajo, en el cine… Michael Mann es mi nuevo gurú, mi guía en asuntos cinematográficos, mi pastor. Me he convertido en un convencido de los poderes de este cineasta para crear películas catárticas. Me ocurrió con la defenestrada Corrupción en Miami, de la que guardo instantes, sensaciones, planos, músicas… Y eso, creo, ya es un valor en un mundo como el actual en el que lo rabiosamente moderno está pasado de moda nada más salir al mercado, en el que las películas apenas resisten tres fines de semana indemnes en cartelera. ¿Qué películas te han dejado huella en el 2009? ¿Puedes contestar a esta pregunta sin tener que rebuscar en tu disco duro y sin que acudas a la última que has visto este sábado?

Johny Depp en Enemigos Públicos
Enemigos públicos es con toda seguridad la mejor película moderna sobre gansters antiguos. Mann utiliza todo su arsenal visual, todos los recursos de estilo que ha ido acumulando desde su televisiva Miami con Don Johnson, hasta la dinamita de Heat, pasando por el fulgor nocturno de Collateral, para abordar una historia que, habitualmente, pide una planificación más clásica, empezando por el uso del Scope. Luego está la facilidad para construir personajes (rotundos, resueltos, con estrictos códigos morales) desde la acción, no desde la palabra, porque ni Dillinger (muy correcto Jonhy Depp) ni Purvis (inmenso Christian Bale) se prodigan en la oratoria. Todo conspira para regalarnos dos horas intensas, dos horas que se antojan cortas, dos horas para que Mann demuestre un indisimulado afecto por el criminal Dillinger y nosotros lo disfrutemos como niños con zapatos nuevos. Amén, Michael Mann.

