Hugo Silva, uno de los actores que más pérdidas de orina provoca entre el público femenino, protagoniza esta película en la que interpreta a un hombre autodidacta y trotamundos que intenta vivir libre en plena dictadura, algo que le hará ingresar en un psiquiátrico después de que le apliquen la Ley de Vagos y Maleantes. Allí conoce a una joven atormentada interpretada por María Valverde con la que iniciará una bonita historia de amor protector.
El hombre de arena, dirigida por el debutante José Manuel González, es muy amable y está bien contada. Sin embargo, quizás sea pronto para que Hugo Silva pueda llevarnos en volandas y convencernos con un personaje protagonista que ocupa tanta cuota de pantalla. No es fallo suyo, simplemente no creo que esté curtido lo suficiente para levantar tal papel, que por otro lado está muy alejado de sus interpretaciones en televisión (véase Los hombres de Paco). Con esto -antes de que una adolescente me escupa su chicle sabor melón- no digo que Hugo esté mal, pero tampoco está muy bien y eso hace que no nos enganche del todo.
De todos modos, el envoltorio de la película está bien, con unos secundarios de calidad y con unos locos interpretados por actores de una compañía extremeña que lo bordan. Entre los secundarios destacamos a Irene Visedo, muy correcta. La historia gustará y se hará amena, pero no dejará un poso como para recordarla. Se deja ver, como digo, pero vamos, sin pérdidas de orina, al menos por la película en sí.
Dice un amigo mago (sí, mago de verdad, ilusionista) que lo más importante de un show es el principio y el final, meterte al público en el bolsillo con un efecto deslumbrante y dejar el mejor juego para el final, para que el respetable se vaya con ganas de más, aullando de emoción. Tomando esta máxima de mi sabio amigo Víctor, el mago,
Hay nombres que están predestinados a ser importantes. Hay nombres que marcan, que dan carácter, que imprimen un sello defintivo. Creo que Dito Montiel es claramente uno de ellos. Un tipo con un nombre y un apellido así no es de los que pasan por la vida sin pena ni gloria, trabajando en una oficina de 8 a 15 y pasando las vacaciones en un apartamento de Torrevieja.
Kate Winslet, la novia ideal para cualquier abuela que se tercie, la niña mona que nunca ha roto un plato, se descoca, y de qué manera, interpretando a una madre hastiada de la vida rutinaria y plana que lleva en una urbanización residencial del Estados Unidos más interior y aburrido. En un entorno puritano, mojigato, “normal”, la Winslet se despendola y se lo monta con el marido y padre en paro (Patrick Wilson, el chico de Hard Candy) de una Jennifer Connelly, demasiado madura para éste y en exceso preocupada por el trabajo.
Un chiste recurrente en el mundo del cine (y ahí está, por ejemplo,
No es para tanto. Me temo que no es bueno dejar pasar tanto tiempo desde el estreno, Al final, acabas intoxicado.Es inevitable no ver una crítica por allí, una entrevista por allá, un reportaje por aculla. Tener “grandes expectativas” nunca ha sido una buena idea, que se lo pregunten a Haley Joel Osmet, el niño del Sexto Sentido (¿sigue en el mundo de los vivos?).