Tenía ganas de volver al cine a ver una película romántica. Aún sigo teniendo algo de fe en este género tan denostado, aunque cada vez estoy más convencido de que estas películas no valen el precio de una entrada. Por desgracia, películas como ésta me reafirman en lo segundo, que no se merecen que el espectador malgaste su dinero. Cuando veo Algo para recordar, o Notting Hill, o Pretty Woman, por poner tres ejemplos muy diferentes dentro del estilo, ya sólo se me ocurre pensar: ¿dónde se han metido los buenos guionistas, capaces de hacer reir y sentir a la vez, de contar una buena historia sin hacerla pastelosa ni caer en lo obvio?
Obviamente, cualquiera que vea la televisión responderá que se han pasado a las series. No les culpo; aquí se gana más dinero y éxito. Mientras tanto, eso sí, el género seguirá en horas bajas y los más críticos se reafirmarán en sus prejuicios de cine simple y destinado al público femenino. Nunca ha obtenido el reconocimiento que se merece, ni tan siquiera en sus mejores momentos con los grandes títulos.
Por el argumento, Una novia para dos parece que es una comedia romántico-gamberra a la que se le podría haber sacado mucho jugo: chico enamorado de chica que no le corresponde, por lo que acude a un amigo que en una cita con ella se muestre tan repulsivo que la chica crea que el novio es lo menos malo que puede pasarle. Pues la película peca por todos los lados: los gags no tienen gracia, el humor gamberro peca de mal gusto (hasta lo escatológico) y el romanticismo no tiene ninguna química. Tampoco el reparto, muy desaprovechado. La fijación de Jason Biggs por repetir siempre el mismo papel amenaza con arruinarle la carrera; igual de mal en peor escoge sus proyectos Kate Hudson, una actriz mucho mejor de lo que últimamente refleja.
Definitivamente, desde que abdicó Julia Roberts, el puesto de reina de la comedia romántica aún está vacío. Y yo sigo perdiendo mi fe en este género.