Cartel de RECLo pasé mal, muy mal el otro día en el cine viendo Rec, pero en el buen sentido. Pasé mucho miedo y viví la mayoría de la película en un estado de tensión poco habitual en alguien tan acostumbrado a ver películas de terror. Porque se trata de eso, aunque a veces lo olvidemos, de que las películas de terror den miedo, hagan gritar y provoquen que nos movamos inquietos continuamente en la butaca.

Todo eso lo viví como hacía mucho tiempo que no lo vivía, porque he visto films que me han provocado chispazos de terror muy determinados y otros que realmente me han gustado, pero recuerdo pocos que me hayan entusiasmado y asustado tanto.

Mucha de la gloria de este film procede de su apuesta por contar los hechos desde la perspectiva de un cámara de televisión que graba un reportaje, lo que permite darle un toque en plan cámara en mano que tan buen resultado dio en la fantástica El Proyecto de la Bruja de Blair. Esa apuesta le da una fuerza y un ritmo a la película absolutamente avasalladores, que le mantienen a uno -aun sin quererlo- atentísimo a la pantalla, con el vello de punta y a tope de adrenalina.

A esta técnica de contar las cosas le pondré un par de peros. Debo reconocer que los brusquísimos movimientos de cámara -entiendo que necesarios, aunque para mi gusto excesivos- me marearon bastante, literalmente hablando. A media película parecía que me hubiera bebido diez cervezas y fumado tres porros -o cosas peores-, llevaba un mareo considerable que se acentuaba con cada nuevo correteo de nuestro famoso cámara. Eso se acaba superando, pero no resulta agradable.

La verdad es que nada es agradable en este film, pero ni falta que hace. Otra cosa que no me convenció es la verosimilitud en algunas ocasiones del hecho que el cámara siga grabando mientras los zombies de turno le estan a punto de devorar. Puedo llegar a entender que se continue grabando en determinadas situaciones, pero cuendo uno huye de un zombie asqueroso y deseoso de carne por unas escaleras no creo que quiera cargar con la cámara a cuestas todo el rato. Vamos, digo yo, porque la verdad es que nunca he tenido que huir de zombies (todavía).

En todo caso, Balagueró vuelve a demostrar que entiende perfectamente los resortes que hay que tocar para dar miedo, los mecanismos que debe utilizar para inquietar a los espectadores, y además lo hace con sencillez. No se adorna en ningún momento, se trata de un edificio viejo del que no se puede salir, varios zombies y un grupo formado por dos periodistas, bomberos, policías y vecinos que no son superhéroes, que cometen errores, gritan como cerdos cuando están nerviosos y son lo justamente egoístas que seríamos todos para salvar nuestra vida, nada más.

No se puede decir que se trate de una película de sustos, porque existen los justos y necesarios y porque el corazón empieza a encogerse desde el minuto 10 de película y recupera su medida 10 minutos después del final del film, cuando comprobamos con recelo que no hay ningún zombie que nos persiga por las escaleras y llegamos a la ¿seguridad? de nuestro coche…

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