La directora navarra Helena Taberna ha dado una vuelta de tuerca al género “memoria histórica” con La buena nueva, que nos acerca al papel de la iglesia en plena Guerra Civil. La narración se sigue con interés y poco a poco enfoca la problemática en las personas, humaniza el conflicto y lo aleja de lo puramente político
Evidentemente se llega a pensar en “malos” y “buenos”, pero no es una película que lo muestre de una manera pueril, caricaturizada, torpe y excesivamente premeditada. Sí es
verdad que los de un bando –ya sabemos cual porque siempre se han hecho más películas de este género desde el prisma “rojo”-, parecen siempre buenos. De todos modos, la idea que prevalece no es la revanchista sino la de rendir homenaje a unas víctimas civiles, que simplemente por rechazar el abuso y la falta de libertad se veían tachados como enemigos. En medio del servilismo del clero oficial al poder, un cura joven, Don Miguel, interpretado correctamente por Unax Ugalde, se opone a la injusticia, siendo fiel a los principios de la propia iglesia, a los derechos humanos y a la propia dignidad de las personas.
Hay deslices que hacen que La buena nueva no sea redonda, como por ejemplo, la poca sutileza para mostrar los secretos emocionales que encierra el párroco Miguel, quien los exterioriza en una escena muy forzada y torpe. Precisamente pierde un poco de fuerza en el momento justo en el que el conflicto se centra más en los sentimientos amorosos que en los puramente éticos y morales que derivaban hasta ese punto “crítico” de la película. Sin embargo, también hay que decir que todo se resuelve en una escena emotiva y muy bonita, que rinde homenaje a esas mujeres que quedaron viudas y que por fin saben qué ocurrió con sus seres queridos desaparecidos.
Por otra parte, también alejándose del drama de lagrimón fácil, el final sorprende por cuanto este género suele hurgar en la desgracia y, la verdad, éste se aleja de lo esperado en este tipo de películas. Otro de sus puntos fuertes es la buena dirección de fotografía, con enclaves maravillosos que vienen a completar la acción y que forman parte viva del filme, junto con esa preciosa música del genial compositor Ángel Illarramendi, quien pone el mejor envoltorio a un caramelo de película que, si bien no es perfecta, sí se deja er con cierto interés, intriga y emoción.
